Por el Equipo Hearing Him

La biografía de Moisés es, a primera vista, el guion de una película épica de Hollywood. Un bebé condenado a muerte, salvado por las aguas del Nilo, adoptado por la hija del hombre más poderoso de la tierra, criado entre la élite intelectual y militar de Egipto, que termina convirtiéndose en un fugitivo, un pastor de ovejas y, finalmente, el libertador de una nación entera.

Pero, si miramos con los lentes del Espíritu, la historia de Moisés no es sobre aventuras; es sobre Identidad y Dependencia.

Muchos de nosotros vivimos el dilema de Moisés: sabemos que tenemos un llamado, sentimos el peso de una promesa, pero nuestras circunstancias actuales parecen contradecir nuestro destino. Tal vez sientas que estás “perdiendo el tiempo” en un desierto profesional o emocional. Tal vez sientas que tienes el llamado, pero no tienes el “habla” (la competencia).

Hoy, vamos a deconstruir la vida de este gigante de la fe para entender por qué Dios, muchas veces, nos saca del palacio para matricularnos en la “Universidad del Desierto”. Y cómo, al final, nadie cumple el propósito solo.


1. El Conflicto de Identidad: El Hebreo en la Mesa de Faraón

Moisés creció en el lujo. Hechos 7:22 nos dice que “fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras”. Tuvo acceso a las mejores bibliotecas, a los mejores instructores militares y a la mejor comida. Era, a todos los efectos, un príncipe.

Sin embargo, la Biblia nos da una información crucial en Hebreos 11:24-25:

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado.”

Aquí está la primera gran revelación: La Identidad del Reino es más fuerte que la Cultura del Mundo. Incluso rodeado de dioses egipcios e idolatría, Moisés sabía quién era. Sabía que no pertenecía a ese sistema. Sabía que la sangre que corría por sus venas era la sangre del Pacto de Abraham, Isaac y Jacob.

La Tentación de la “Fuerza del Brazo” Sabiendo que era el libertador, Moisés intentó cumplir el llamado de la manera incorrecta. A los 40 años, vio a un egipcio golpeando a un hebreo. ¿Qué hizo? Usó su fuerza, mató al egipcio y lo escondió en la arena (Éxodo 2:12). Moisés tenía el propósito correcto (liberar), pero el método incorrecto (fuerza humana) y el tiempo incorrecto (aún no era la hora).

¿Cuántas veces intentamos “ayudar a Dios”? Intentamos hacer que la promesa suceda con la fuerza de nuestro brazo, con manipulación, con networking forzado. El resultado de Moisés fue desastroso: rechazo por su propio pueblo y huida al desierto. Aprendió de la manera más difícil que en el Reino de Dios, los fines no justifican los medios.

Si estás luchando para entender quién eres en Dios versus quién dice el mundo que debes ser, recomiendo comenzar por nuestra Fase 1 y leer los materiales sobre Identidad en nuestra página de Libros Recomendados.


2. La Universidad del Desierto: El “No-Lugar” de 40 Años

Moisés huye de Egipto (el centro del mundo) a Madián (el medio de la nada). De príncipe poderoso a pastor de ovejas — una profesión detestable para los egipcios.

¿Por qué Dios permitió esto? ¿Y por qué tanto tiempo? No fueron 40 días. Fueron 40 años. Moisés pasó el mismo tiempo en el desierto que pasó en el palacio.

La Revelación del Vaciamiento (Kenosis) El teólogo F.B. Meyer dijo una vez: “Dios tardó 40 años en sacar a Israel de Egipto, pero necesitó 40 años para sacar a Egipto de Moisés.”

En el desierto, Moisés necesitó desaprender:

  1. Desaprender la Autosuficiencia: En el palacio, tenía siervos. En el desierto, servía a ovejas tercas.
  2. Desaprender la Arrogancia: Ya no era “alguien”; era un nadie en medio del desierto.
  3. Aprender el Silencio: En Egipto, había ruido, música, construcciones. En el desierto, había silencio. Y fue solo en el silencio que pudo, finalmente, escuchar a Dios.

Fue en este escenario de aparente fracaso donde Moisés encontró la Zarza Ardiente. Dios no habló con él en el trono de Faraón; Dios habló con él en el monte Horeb, mientras trabajaba. El llamado de Dios frecuentemente viene cuando pensamos que nuestra carrera terminó. La zarza que ardía y no se consumía era una imagen del propio Moisés: un vaso de barro conteniendo el fuego devorador de Dios, pero sin ser destruido por la gracia.

Este período de espera es lo que llamamos “El Invierno del Alma” (Fase 2). Si estás en esta fase, no te desesperes. Visita nuestro Blog para leer artículos sobre cómo mantener la fe mientras nada parece suceder.


3. “No Sé Hablar”: La Limitación Humana y la Asociación Divina

Ante la zarza, cuando Dios dice “Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón”, la respuesta de Moisés no es de fe, sino de miedo. Da excusas. La principal de ellas:

“¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra… porque soy tardo en el habla y torpe de lengua.” (Éxodo 4:10)

Moisés, de quien Hechos decía ser “poderoso en palabras”, ahora, tras 40 años de silencio en el desierto, se siente incapaz de articular una frase. El desierto rompió su confianza en su propia oratoria. ¡Y eso era bueno! Dios no necesitaba la oratoria egipcia de Moisés; necesitaba la dependencia de Moisés.

Dios se enoja con la renuencia, pero provee una solución: Aarón.

“¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien?… Él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios.” (Éxodo 4:14,16)

La Revelación de la Interdependencia Aquí hay una lección vital para el Cristianismo moderno, muchas veces tan individualista. Ni siquiera el mayor profeta del Antiguo Testamento fue llamado a trabajar solo.

  • Moisés tenía la revelación (escuchaba a Dios).
  • Aarón tenía la comunicación (hablaba al pueblo).

Moisés necesitaba a Aarón. Aarón necesitaba a Moisés. Dios diseñó el Reino para funcionar en Cuerpo. Tal vez tengas la visión, pero necesites a alguien con la técnica. Tal vez tengas el recurso, pero necesites a alguien con la unción profética. No intentes ser el “Súper-Cristiano”. Reconoce tus limitaciones y acepta a los “Aarones” que Dios pone en tu camino. La humildad de aceptar ayuda es parte de la preparación para el liderazgo.


4. El Regreso: Un Simple Instrumento en las Manos de Dios

Cuando Moisés regresa a Egipto, es un hombre diferente. No lleva una espada (como cuando mató al egipcio a los 40 años). Lleva un pedazo de madera: La Vara de Dios.

“Entonces Moisés tomó su mujer y sus hijos… y volvió a la tierra de Egipto. Tomó también Moisés la vara de Dios en su mano.” (Éxodo 4:20)

Ese bastón era una herramienta de pastor. Madera muerta. Pero, en la mano de un hombre rendido a Dios, esa madera abrió el Mar Rojo, hizo brotar agua de la roca y trajo juicio sobre los dioses de Egipto.

Faraón preguntaba: “¿Quién es el Señor?”. Moisés, ahora, no respondía con filosofía egipcia, sino con demostración de poder. Las 10 plagas no fueron solo desastres naturales; fueron un ataque directo a cada divinidad egipcia (el Nilo, el Sol, las ranas, el ganado). Dios estaba mostrando que Él es el único “Yo Soy”.

Moisés aprendió que la liberación no viene de la fuerza política, sino de la obediencia espiritual. Se convirtió en el hombre más manso de la tierra (Números 12:3) porque sabía que el poder no era suyo.


5. Moisés y Jesús: El Profeta Mayor

¿Por qué estudiamos a Moisés? Porque él es la sombra. Jesús es la realidad. En Deuteronomio 18:15, el propio Moisés profetiza: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis.”

Mira las conexiones perfectas:

  1. El Nacimiento Peligroso: Faraón intentó matar a los bebés hebreos; Herodes intentó matar a los bebés en Belén. Ambos fueron preservados divinamente.
  2. El Abandono de la Corte: Moisés dejó el palacio de Egipto para sufrir con su pueblo. Jesús dejó la gloria del Cielo, se despojó a sí mismo (Filipenses 2) para habitar entre nosotros y sufrir por nosotros.
  3. El Libertador: Moisés liberó al pueblo de la esclavitud física de Egipto. Jesús nos libera de la esclavitud espiritual del pecado y la muerte.
  4. El Mediador del Pacto: Moisés subió al monte y trajo la Ley (Antiguo Pacto). Jesús subió al Calvario y selló la Gracia (Nuevo Pacto) con su propia sangre.
  5. El Rechazo: Moisés fue rechazado en el primer intento (“¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez?”). Jesús fue rechazado por los suyos (“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”).
  6. El Pan y el Agua: Moisés oró y Dios dio el maná y el agua de la roca. Jesús declaró: “Yo soy el Pan de Vida” y “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”.

Pero hay una diferencia crucial: Moisés fue un siervo fiel en la casa de Dios; Jesús es el Hijo fiel sobre la casa (Hebreos 3:5-6). Moisés falló (golpeó la roca y no entró en la tierra prometida); Jesús obedeció perfectamente y nos introduce en la Canaán Celestial.


Conclusión: ¿Cuál es tu “Vara”?

La historia de Moisés nos enseña que Dios no busca habilidad; Él busca disponibilidad e identidad firme. Dios le preguntó a Moisés en la zarza: “¿Qué es eso que tienes en tu mano?”. Era solo un bastón. Dios dijo: “Echalo en tierra”.

Dios te está preguntando hoy: ¿Qué tienes? Tal vez parezca poco. Tal vez sea solo una habilidad simple, un recurso pequeño, una voz tímida. Pero si se lo entregas a Dios — si arrojas tu identidad humana al suelo y asumes tu identidad del Reino — Dios puede usar eso para liberar a tu familia, transformar tu trabajo e impactar a tu generación.

No necesitas ser perfecto. Moisés era tartamudo, asesino fugitivo e inseguro. Pero fue Oyente. Aprendió a escuchar la voz del “Yo Soy”.


Da el Siguiente Paso

¿Sientes que estás en el desierto? ¿Sientes que tienes un llamado, pero no sabes cómo ejecutarlo?

  1. Aprende a Escuchar: El secreto de Moisés fue la Zarza Ardiente. En el Portal del Cristiano, tenemos una ruta de aprendizaje enfocada en “La Frecuencia” (Fase 1), enseñándote a discernir la voz de Dios.
  2. Identidad y Propósito: Si luchas con el síndrome del impostor como luchó Moisés, sumérgete en nuestros estudios en el Blog.
  3. Lectura Profunda: Conoce nuestra selección de Libros que tratan sobre el viaje del héroe cristiano: de la muerte del “yo” a la resurrección en el propósito.

No te rindas en el desierto. Es allí donde el Libertador es forjado.

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